Se despertaron, uno abrazado al cuerpo del otro,
tras una noche que no les había alcanzado para amarse lo suficiente.
Se Hizo
corta la noche y les perseguía la madrugada envidiosa que se paseaba inquieta
frente la puerta de la cabaña ,junto a los nativos chismosos que no dormían alimentándose
de las fuerzas de los amantes.
Se entregaron sus cuerpos, solamente al placer silencioso,
eterno, perfecto. Fueron perfectas sus miradas, sus caricias, caricias únicas, hechas a mano
una a una.
Los gemidos retenidos henchían el pecho y aumentaba
su placer .Sus labios incesantemente humedecidos por los besos pasionales no se
cansaban de prodigarse la más tiernas caricias que aun los dioses envidiaban.
Fueron perfectas las uniones de sus cuerpos, las miradas,
pero sobre todo el contacto de sus dedos sobre sus pieles de ébano. Ébano puro
cultivado en los mejores campos a orillas de ríos caudalosos, bajo el sol benigno
del trópico.
Cuerpos perfectamente acoplados, hechos el uno para
el otro desde tiempos sin memoria.
El café no fue hecho con leña ni pudieron
levantarse con el alba, ni el mar les abrió sus brazos esa mañana .Pero esa
noche fue perfecta.